«Los camisones abiertos son para la gente que está encamada o para ir a quirófano»
| Fotografía de Paco Rodríguez |
—¿Sabe que la adaptación de la novela a la tele ha disparado la venta de máquinas de coser?
—No me extraña. Esa serie me encanta, estoy enganchada.
—Usted tendrá más de una, ¿no?
—En mi casa tengo la que me compró mi madre a los trece años, una Singer. Es la que siempre utilicé. Nunca fue a arreglar y cose de locura. En el hospital, pasé por tres máquinas distintas. La última fue una Refrey.
—Así que no desconectaba del trabajo cuando llegaba a casa.
—¡Qué vaaa! Yo cosía para mis hijos, para mis sobrinas... Abrigos y de todo. Los de marinerito, con los botones dorados, ¿sabe?
—Sí. ¿Los hacía usted?
—Sí. También hice la ropa de mis hermanas. Y somos seis.
—¿A qué edad empezó a coser?
—Profesionalmente empecé a coser por las casas a los catorce años, para gente muy importante de A Coruña. A los 18 entré en el hospital. Era el año 1968. Me dejó la plaza una tía mía.
—¿Y la cogieron así, sin más, o tuvo que pasar una prueba?
—Tuve que pasar unas pruebas, claro. Se trataba de hacer una bata, un delantal y una cofia.
—Una bata de médico.
—No, una bata de pinche. La primera bata de médico que hice fue para el doctor Calderón, traumatólogo. Era muy conocido. Vivía encima del cine Equitativa.
—¿Quién vestía mejor? ¿Había algún George Clooney por ahí?
—Nunca tuve mucho tiempo para fijarme, ¡siempre anduve a cien por hora! Déjeme que piense... Era apuesto el doctor Pernas; y el doctor Bayo, también.
—Así que lo primero que hizo fue una bata. ¿Y lo último?
—Como estoy operada de las manos y de los ojos, últimamente me dejaban coser muy poco. Hacía pequeños arreglitos de ropa, porque viene todo de fábrica.
—¿Cuál fue el uniforme más difícil de hacer?
—Los hábitos de las monjas, pero nunca tuve que hacer ninguno. Una de mis funciones consistía en hacerles la ropa interior, los sujetadores, las cofias...
—¿Les tomaba las medidas?
—Lo hacía a ojo. Se lo probaban y, si no les servía, se arreglaba.
—¿Cuánto tarda en coser un botón?
—Un minuto. Y un ojal, tres minutos. Un dobladillo, depende.
—¿Qué canta cuando cose?
—No canto nada. Escucho la radio. Aquellas radionovelas de antes eran estupendas.
—Terminada esta etapa, ¿se considera feliz?
—Solo tengo palabras de agradecimiento para todos. Sobre todo para el señor Albaina, que era el administrador. Se portó como un padre conmigo.
(Sigue)