lunes, 9 de diciembre de 2013

María Luisa Suárez, costurera del Complexo Hospitalario de A Coruña (CHUAC): «Una de mis tareas consistía en hacer los sujetadores de las monjas del hospital»

Hasta que se jubiló el mes pasado, fue la trabajadora más veterana del complejo hospitalario coruñés 

«Los camisones abiertos son para la gente que está encamada o para ir a quirófano» 

Fotografía de Paco Rodríguez
Escribir que María Luisa Suárez García (Oseiro, Arteixo, 1949) se ha pasado el tiempo entre costuras es una obviedad pero, dado que confiesa estar «enganchada» a la historia de María Dueñas, empezamos por ahí. 

—¿Sabe que la adaptación de la novela a la tele ha disparado la venta de máquinas de coser? 
—No me extraña. Esa serie me encanta, estoy enganchada. 

—Usted tendrá más de una, ¿no? 
—En mi casa tengo la que me compró mi madre a los trece años, una Singer. Es la que siempre utilicé. Nunca fue a arreglar y cose de locura. En el hospital, pasé por tres máquinas distintas. La última fue una Refrey. 

—Así que no desconectaba del trabajo cuando llegaba a casa. 
—¡Qué vaaa! Yo cosía para mis hijos, para mis sobrinas... Abrigos y de todo. Los de marinerito, con los botones dorados, ¿sabe?

—Sí. ¿Los hacía usted? 
—Sí. También hice la ropa de mis hermanas. Y somos seis. 

—¿A qué edad empezó a coser? 
—Profesionalmente empecé a coser por las casas a los catorce años, para gente muy importante de A Coruña. A los 18 entré en el hospital. Era el año 1968. Me dejó la plaza una tía mía. 

—¿Y la cogieron así, sin más, o tuvo que pasar una prueba? 
—Tuve que pasar unas pruebas, claro. Se trataba de hacer una bata, un delantal y una cofia. 

—Una bata de médico. 
—No, una bata de pinche. La primera bata de médico que hice fue para el doctor Calderón, traumatólogo. Era muy conocido. Vivía encima del cine Equitativa. 

—¿Quién vestía mejor? ¿Había algún George Clooney por ahí? 
—Nunca tuve mucho tiempo para fijarme, ¡siempre anduve a cien por hora! Déjeme que piense... Era apuesto el doctor Pernas; y el doctor Bayo, también. 

—Así que lo primero que hizo fue una bata. ¿Y lo último? 
—Como estoy operada de las manos y de los ojos, últimamente me dejaban coser muy poco. Hacía pequeños arreglitos de ropa, porque viene todo de fábrica. 

—¿Cuál fue el uniforme más difícil de hacer? 
—Los hábitos de las monjas, pero nunca tuve que hacer ninguno. Una de mis funciones consistía en hacerles la ropa interior, los sujetadores, las cofias... 

—¿Les tomaba las medidas? 
—Lo hacía a ojo. Se lo probaban y, si no les servía, se arreglaba. 

—¿Cuánto tarda en coser un botón? 
—Un minuto. Y un ojal, tres minutos. Un dobladillo, depende. 

—¿Qué canta cuando cose? 
—No canto nada. Escucho la radio. Aquellas radionovelas de antes eran estupendas. 

—Terminada esta etapa, ¿se considera feliz? 
—Solo tengo palabras de agradecimiento para todos. Sobre todo para el señor Albaina, que era el administrador. Se portó como un padre conmigo. 

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domingo, 24 de noviembre de 2013

"Hay que dejarse de enseñanzas trilingües y dar bien el inglés"

Carmela Vaamonde, jefa de inglés de la Escola Oficial de Idiomas de A Coruña

Carmela Vaamonde, fotografiada por el gran César Quián


Media hora de conversación sobre el inglés con Carmela Vaamonde Fandiño (Betanzos, 1960) y ni una palabra por mi parte pronunciada en este idioma. Lo tenemos hasta en la sopa pero lo hablamos poco. 
—Pensando en el futuro laboral de su hijo, ¿qué le enseñaría: inglés, alemán o chino? 
—Mi hijo ya sabe inglés así que invertiría en alemán. El chino lo restringiría a gente que esté dispuesta a dedicarle mucho tiempo, por la dificultad que entraña.

—¿Por qué, a día de hoy, los niños salen de la escuela sin aprender inglés? En numerosos países europeos esto no pasa. 
—¡Este es un tema que me enerva! La cuestión no es que empiecen pronto (ahora se da inglés a partir de los tres años), que está muy bien, sino la forma de impartir la asignatura. 

—¿Es el enfoque lo que falla? 
—Los profesores deberían tener un mejor nivel de pronunciación, para que los pequeños no adquieran vicios. Y no haría nada por escrito, los desconcierta mucho. Así es como aprenden los niños de habla inglesa. 

—Que hablan antes de aprender a escribir, como todos. 
—El inglés no se puede estudiar como si fuera geografía. Y tendrían que ser grupos reducidos. 

—Pues la Xunta apuesta por la enseñanza trilingüe.
—Hay que dejarse de enseñanzas bilingües, trilingües o cuatrilingües y dar bien el inglés. Si quieren que los chavales aprendan, lo que hay que hacer es poner más medios. 

—Lástima que los que deciden sobre eso no saben hablar inglés. Al presidente de la Xunta —parodias de The Chieftains aparte—, parece que no se le da muy bien. 
—El otro día vi esto en el Facebook: «Curioso este país en el que te piden inglés para ser barrendero, pero no es obligatorio para ser presidente». Deberían dar ejemplo. Si no lo hacen ellos, que seguro que se pueden pagar un profesor 24 horas... 

—Yo estudié inglés en la EOI y no aprendí a hablar el idioma. ¿Algo que declarar? 
—¿Cuándo fue eso? 

—En los años noventa. 
—Entonces te doy la razón, pero esto ha cambiado mucho. La enseñanza ahora es mucho más práctica. Se trata de comprender lo que lees y oyes y saber expresarte por escrito y oralmente. 

—¿Y así sí? ¿Los alumnos acaban hablando inglés? 
—Unos más y otros menos (risas). Hablar, hablan todos; pero unos mejor y otros peor. 

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martes, 19 de noviembre de 2013

Mercedes Suárez, la primera abogada que ejerció en A Coruña: «El presidente de la Audiencia me insultó cuando juré el cargo»

«Me aprendí la alineación del Athletic de Bilbao para poder hablar con los chicos»

Posee la medalla al mérito colegial y el viernes pasado recibió la de los 50 años 


Fotografía de Paco Rodríguez

Dice que no es la misma desde que perdió a su marido, Manuel Otero Pazos, en mayo del año pasado, pero aún así, continúa en la brecha. El viernes recibió la medalla de los 50 años del Colegio de Abogados de A Coruña y, en el 2012, la del mérito colegial. Es la única mujer que posee ambos galardones en toda la provincia y la primera letrada que ejerció en la ciudad. 

—Así que de jubilarse nada. 
—Nada, nada. Yo siempre dije que me moriría en el despacho trabajando. Además, no sé hacer otra cosa. Llevo cincuenta años detrás de esta mesa. 

—Habrá reducido la cantidad de asuntos que lleva, por lo menos. 
—Los asuntos han bajado en toda España. La crisis es escandalosa y las tasas no favorecieron nada la situación. Llegan los clientes preguntando si pueden pagar a plazos. Me está pasando ahora lo que nunca me había pasado antes. 

—Me imagino que durante este tiempo le habrá pasado de todo. 
—Sí. Justo hace cincuenta años, el presidente de la Audiencia me empezó a insultar cuando, al jurar el cargo, vio que yo era una mujer. Al ser la primera, empezó a decirme: «¡Usted está loca! ¡Dónde se mete!...» 

—Menuda bronca que le echó. 
—Con razón le llamaban Don Martín El terrible. De todas formas, al día siguiente, se dio cuenta de la metedura de pata, porque yo le contesté airada e hizo todo lo posible por suavizar la situación conmigo. 

—Si es que usted tendrá anécdotas por un tubo... 
—Otra muy buena es cuando fui a la cárcel por primera vez. Yo iba a visitar a un cliente. Era la primera mujer abogada que aparecía por allí y el director se escondió detrás de una puerta para verme. Como luego tuvieron que avisarlo para dejarme entrar, me hicieron esperar una hora y media hasta que el hombre salió de su escondite. 

—Afortunadamente, eran otros tiempos. 
—También tuve un juicio de fincas que me salió perfecto y, en cambio, lo perdí. Fue algo que nunca entendí hasta que me enteré de lo que había pasado, en realidad. Años después, el juez confesó que la clienta de la parte contraria había ido a su casa y le dijo: «Eu xa sei que o preito vouno perder, porque a avogada contraria é alta, nova, rubia e guapa». 

—O sea, que el juez tuvo miedo de que su mujer se celase. 
—Eso es. Luego apelé y lo gané. Yo tenía la razón. 

—¿Cuál es el mejor abogado, el que más pleitos gana o el que más pleitos evita? 
—El que más pleitos evita. Yo nunca presenté una demanda sin mandar antes una carta a la parte contraria. Es mi filosofía.

—Por si acaso hay posibilidad de acuerdo. 
—Yo llevo negociando acuerdos desde que empecé a trabajar. 

—Se pleitea de más. 
—Hay asuntos en los que no. 

—¿A quién no defendería nunca? 
—A Franco. 

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lunes, 11 de noviembre de 2013

Irene Martínez Santiago, campeona española de halterofilia: "Me corto los callos de las manos dos veces por semana"

De todo su palmarés, que podría ocupar la página entera, créanme, el reto que más ilusión le ha hecho conseguir a Irene Martínez Santiago (A Coruña, 1993) es el bronce en el campeonato del mundo júnior de este año, celebrado en Perú. Esta coruñesa de San Pedro de Visma se arrancó allí con 93 kilos de peso y batió el récord de España, que tenía en su poder la andaluza Josefa Pérez desde 1999.

Irene Martínez Santiago. Fotografía de César Quián
  
-¿Cómo le quedan a una las manos después de levantar 93 kilos de peso en una arrancada?

-Es complicado, porque nos salen muchos callos. Nos echamos polvo de magnesio, porque los guantes están prohibidos.


-¿No utiliza una crema especial?

-Yo no me echo ninguna, porque entonces la piel se ablandaría y se levantaría. Lo que hago es cortarme los callos dos veces por semana. Hablar de esto queda un poco mal, ¿no?


-Mientras no duela...

-¡Qué va! No duele nada, porque es piel muerta. Utilizo un cortacallos y me los quito para que la mano quede lisa.


-¿Cuántos kilos es capaz de levantar?

-Soy capaz de levantar en arrancada 93 kilos y en dos tiempos 105 kilos.


-¿Qué le altera la vida a una haltera?

-La vida no sé, pero durante un entrenamiento, me altera mucho fallar en los levantamientos. De todas formas, tengo que aclararle algo.


-Arranque, arranque.

-Que halteras son las pesas, aunque esa confusión es muy común, mucha gente nos llama así. Los que hacemos halterofilia somos halterófilos.
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martes, 5 de noviembre de 2013

Concepción Otero, Secretaria de Gobierno del Tribunal Superior de Xustiza de Galicia: "Cuando empecé a trabajar, todos los jefes eran hombres"

Fotografía de Marcos Míguez
A Concepción Otero Piñeiro (Lugo, 1955) le ha tocado ser la primera mujer en casi todos los puestos que ha ocupado a lo largo de su trayectoria laboral. Por eso siempre dice que ella tuvo que «entrar en el mundo del hombre». ¿Y cómo era ese mundo? «Trajes negros. Corbatas negras. Camisas blancas. Y todos los puestos de jefatura ocupados por hombres». 

—Aún sigue siendo así en numerosos ámbitos. 
—En este tema hemos evolucionado mucho y para bien. En España hay 21 secretarios de gobierno: somos diez mujeres y once hombres. Yo he sido la primera mujer en muchas cosas, pero creo que me ha tocado por edad. La primera jueza es de 1978, cuando terminé la carrera. 

—¿En qué ha sido la primera?
—Fui la primera secretaria de la Audiencia Provincial de Lugo en 1981 y la primera que llevó un proceso electoral. Hasta ese momento, las elecciones siempre las llevaban los hombres. En 1983, llegué a A Coruña y también me tocó abrir esos dos caminos en la Audiencia. 

—Usted es una de las trabajadoras más veteranas del Palacio de Justicia, donde empezó haciendo prácticas en 1979. ¿Qué significa para usted el edificio de la plaza de Galicia?  
—Representa toda mi vida laboral, siempre dedicada a la Justicia, ayudando, trabajando,   viendo crisis y, también, tiempos mejores. Aquel mes de prácticas en A Coruña fue un momento muy especial para mí. Sentí que me comía el mundo. 

—Una de sus funciones es inspeccionar los juzgados. Dígame, ¿cómo de saturados están?  
—Están saturados. La Justicia es la hermana pobre, el patito feo. 

—Y su imagen ha empeorado últimamente. Solo hay que ver la encuesta del CIS.
—Eso me da mucha rabia. Aquí intentamos dar una justicia eficaz, transparente... Todo lo que el ciudadano nos está pidiendo, pero no tenemos los medios. Y eso que la situación ha mejorado. Cuando empecé, había máquinas Olivetti. Para poner una sentencia, los funcionarios tenían que colocar seis folios detrás del papel de calco. 

—Aquel de carboncillo que te manchaba los dedos a la mínima. 
—Ese, sí. [Risas] El auxiliar empezaba una sentencia y, si se equivocaba en la última línea, tenía que volver a empezar. 

—Y ahora tiene dos pantallas de ordenador en su mesa. 
—Claro, es que algo hemos evolucionado, pero como lo hacemos tan lentamente, no somos capaces de sacar todo lo que entra, al ritmo que entra. Confío en que esto sea pronto la Justicia del siglo XXI que todos queremos. Esa Justicia ágil, rápida, eficiente, transparente, cercana al ciudadano... 

—Pues con la implantación de las tasas, al ciudadano se le está alejando la Justicia más que acercándosela
—Se está comprobando que eso es así. Están entrando menos procedimientos, menos demandas, es verdad. Excepto en social y en penal, claro, pero en el resto, se ha notado.
  
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lunes, 28 de octubre de 2013

Pilar García de la Torre, directora de la Universidad Sénior de la UDC: «Las empresas prefieren a las personas por la edad y no por la experiencia»

 «Creemos que cuando un mayor estudia, disminuyen sus visitas al médico»

Foto de César Quián
Viernes, ocho de la tarde. El bulevar de la plaza de Lugo abarrotado y, de pronto, decenas de personas abren al unísono sus paraguas, todos de color amarillo, y se ponen a bailar. El flashmob que sorprendió este fin de semana a los transeúntes coruñeses tenía entre sus protagonistas a un grupo de alumnos de la Universidad Sénior de A Coruña. Gente en movimiento. Hablamos con su directora, Pilar García de la Torre (León, 1965). 

—¿Cuanta más edad, más te ningunea la sociedad actual? 
—Sí. El ejemplo más claro es el de las prejubilaciones. Las empresas prefieren a las personas por la edad y no por la experiencia. Siempre priman los criterios económicos. 

—A nuestros mayores no nos paramos ni a escucharles. 
—Ni les respetamos como deberíamos. A las personas mayores no se les da la dignidad que requieren los años. En las sociedades más antiguas, la edad era un grado. Eso se ha perdido. 

—¿Cuánto de sénior hay que ser para estudiar aquí? 
—Puedes matricularte a partir de los 50. Hubo unos años con muchas prejubilaciones a los 52 y se decidió bajar la edad de entrada, pero casi todos los alumnos están entre los 64 y los 70 años. El mayor tiene 85. 

—Así que todo quisqui alarmado con el envejecimiento de la población y, en cambio, ustedes felices porque así tienen más alumnos. ¿Me equivoco?
—[Risas] Este año tuvimos muchas más solicitudes (180) que plazas (120). Y ni siquiera hubo que promocionarlo. 

—Habrá menos dinero para campañas de publicidad. 
—Nosotros nos autofinanciamos con las tasas de los alumnos, que son 108 euros al año. Y estudiantes no nos faltan, excepto en Ferrol, pero ahí nos echa una mano el Concello. Los profesores cobran un sueldo simbólico y la Universidade da Coruña se encarga de los gastos corrientes. 

—¿Me está diciendo que aquí no han llegado los recortes? 
—En lo que se refiere al presupuesto, un poco. Y luego, como a todos, además de bajarnos el sueldo, nos han ampliado las horas de clase. Así que tenemos que trabajar más y cobrar menos. 

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lunes, 21 de octubre de 2013

Charo Pita, gerontóloga: "El maltrato comienza cuando al mayor se le trata como a un niño"

Fotografía de Paco Rodríguez

Dice la gerontóloga Charo Pita Díaz (Neda, 1963) que el maltrato a las personas mayores «está enfundado en el anonimato político y social». Es por eso que el pasado lunes acudió voluntariamente a la Asociación de Vecinos Oza-Gaiteira-Os Castros de A Coruña para explicarlo. Fue una charla tabú. A unos, les cuesta oír hablar del tema, y otros no pueden ni siquiera llegar a denunciarlo. 

¿Usted predica en el desierto?
Llevo años estudiando el tema. En esta asociación hay un enorme interés, porque estamos en una zona con una población muy envejecida. Pero pasan los años y cada vez ve más casos. Veo casos en las residencias que responden a un problema de recursos económicos. Hay menos personal y, por ende, no pueden dar cobertura con misma calma a todo. 

Que no dan abasto, vamos. 
Lo intentan hacer bien pero, a mejor, van corriendo o tienen menos cuidado a la hora de suministrar los alimentos porque no disponen de tiempo. 

¿Cuál es el porqué de tanta invisibilidad? 
—En la mayor parte de los casos los mayores aguantan con una grandísima estoicidad por miedo a posibles represalias. Tenga en cuenta que ellos conviven con los abusadores. Por eso es tan difícil detectarlo. 

—¿Pero saben a qué porcentaje de la población mayor afecta? 
—El año pasado se registraron 50 casos de supuestos malos tratos a personas mayores en Galicia, según los datos de la Consellería de Traballo. [El teléfono social de la Xunta es el 900 333 666]. 

—Así que creen que la incidencia es más alta, en realidad. 
—Sí. La prevalencia es alta en «sospecha de maltrato» pero no en «maltrato», porque en España no existen test de control para detectar estos casos. Muchas situaciones son difíciles de ratificar para luego intervenir. 

—¿Cómo podemos saber si alguien cercano a nosotros está padeciendo esta situación?
—Por ejemplo, por hematomas que detecte el médico; o si hay ansiedad; que de repente al mayor le cueste mucho hablar; o que experimente un nerviosismo generalizado. En los cuestionarios se les pregunta por ejemplo: «Si usted se cae, ¿cuánto tiempo  tarda en recibir ayuda para levantarse? ». También existe el maltrato involuntario. 

—Me cuesta creer que se pueda maltratar sin mala intención. 
—Hay veces que los cuidadores están tan agotados que pueden soltar un chillido o dar un pequeño empujón. Delimitar ese maltrato es complicado.

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lunes, 14 de octubre de 2013

Ana Vázquez, presidenta de la Liga Reumatolóxica Galega: «Bromeé con el príncipe sobre mi toples en un calendario»

«Él quería ponerlo en la habitación de las infantas, pero yo le quité la idea» 
Fotografía de César Quián

Pelirroja valiente, esta actriz y terapeuta no quiere ser víctima ni dar pena. Se considera feliz, a pesar de la artritis reumatoide que le diagnosticaron a los 8 años. Ana Vázquez Lojo (Ribeira, 1969) lleva dos años intentando modernizar la Liga ReumatolóxicaGalega. Ayer fue su día. 

—Se acabó lo de asociar el reuma con la gente mayor. 
—Sí. Ya no es lo de la señora apoyada en un bastón. Es más, algunas enfermedades reumatológicas como la artritis, se dan, generalmente, en los jóvenes. Yo comencé con 8 años. Crecí con la enfermedad. 

—¿Cuánto tardó en tener las deformidades en los dedos? 
—Muy poco, mis brotes eran bestiales. Tras el diagnóstico, estuve un año entero ingresada en el hospital. Mi niñez fue como la de la serie Cuarta Planta. 

—En su Facebook dice que ya ha superado la enfermedad. 
—He superado la percepción de que estoy enferma. Si te tengo que hablar de mí, de lo último que te hablo es de la enfermedad. Aprendí a convivir con ella. 

—¿Le incomoda mostrar sus heridas de guerra?
—¡No! Cuando la gente me mira de reojo, yo les doy pretextos para hablarlo. Ayuda a comprenderlo mejor. 

—Ayudaría que algún personaje conocido se significase.  
—El guitarrista de El Sueño de Morfeo tiene una espondilitis anquilosante. Estamos seguros de que hay más, pero no lo dicen. Un empresario contrata antes a una persona que tenga una amputación que a otra con una enfermedad reumatológica. 

—Tampoco es cierto que en Galicia esto tenga más prevalencia por culpa del clima. 
—No hay ningún estudio que lo diga. Hay tantos enfermos de esto en el sur como en el norte. ¡Si hasta la Liga andaluza tiene más socios que nosotros! 

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lunes, 7 de octubre de 2013

Carmen Acebo Sánchez, matrona: «Me ofrecieron un jamón de jabugo por la epidural»

Fotografía de Paco Rodríguez
Aunque la vean ahí, tan juvenil, posando ante la inmensa yuca que preside el jardín de su casa, la matrona Carmen Acebo lleva casi cuarenta años ayudando a las coruñesas a parir. Fue pionera en la introducción de las clases de educación maternal en la sanidad privada y afirma, con una sonrisa, que «eso del parto sin dolor es una trola». Es la misma sonrisa que luce ante la yuca de su jardín y en el paritorio. Importante sonrisa. 

—Los partos sin dolor no existen, vale. ¿Y los partos exprés? 
—El más rápido que yo he tenido duró media hora, desde que la mamá llegó al hospital hasta que nació el bebé. Tuve otro muy gracioso que también fue rapidísimo. 

—Cuente, cuente. 
—Fue una chica que estaba en una boda. Apareció a las cuatro de la madrugada, con unos taconazos tremendos, toda maquillada, un peinado maravilloso y lentejuelas. Nos contó que estaba bailando la lambada y, de repente, rompió aguas. Fue un parto maravilloso y muy rápido. 

—También los habrá tenido interminables.
—La media está en unas ocho o diez horas. Recuerdo uno que duró 24. Era el undécimo hijo de aquella mujer, no podía empujar, le faltaba musculatura... Fue un parto eterno. Estábamos en el  antiguo hospital de beneficencia Labaca, hace unos veinte años. 

—Treinta y nueve años de comadrona dan para muchas historias. 
—Y alguna muy graciosa. Una mamá que estaba en pleno trabajo de parto de su primer hijo, largo como son todos, me dijo: «Por favor, por favor, si me pones ya la epidural, te compro un jamón de jabugo». [Risas] Cuando vino en su segundo embarazo me lo recordó. «Yo soy la del jamón de jabugo». 

—¿Y se lo volvió a ofrecer? 
—No, el segundo casi lo tuvo en la puerta del hospital, ja, ja... 

—¿Cuántos años tenía la madre con más edad que ha atendido? 
—53; fue un tratamiento de fertilidad. Física y psicológicamente, creo que no es correcto que una mujer tenga un hijo a esa edad. 

—¿Está nuestro cuerpo diseñado para parir a los cincuenta? 
—No. Por eso se ha disparado el índice de cesáreas. Lo ideal está entre los 23 y los 27 años. Yo doy los cursos de preparación al parto en BBCentro (Médico Rodríguez, 11) y en el último grupo, de quince embarazadas, ninguna bajaba de los 36 años. 

—¿Por qué no tenemos más hijos? ¿Por comodidad, por economía...? 
—Llevo 39 años trabajando en la sanidad pública y en la privada (Hospital Quirón). He vivido la época de bonanza económica en España y tampoco se tenían más hijos. Cuanto mayor es el nivel social, menos hijos. Te dicen: «Yo tendría más hijos, pero ¿para que me los críe otro?». 

—Desmónteme este mito, por favor. ¿Se puede adivinar el sexo del bebé solo con ver la barriga de una embarazada? 
—Cuando todavía no existían las ecografías se decía: barriga picuda, varón. A veces atinabas, pero era pura intuición. 

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Rosa Barreiro: "Ser del Ventorrillo te hace más fuerte"

Fotografía de César Quián para La Voz de Galicia
Rosa Barreiro Ares (Sao Paulo, Brasil, 1959) no quiere homenajes a no ser que sean para su madre o para su hermano Eduardo, fallecido hace casi un año de un infarto. A ellos, dice, les debe todo lo que es, que no es poco. Empezamos por la presidencia de la asociación de vecinos del Ventorrillo

—¿Usted es de aquí o es «venidera»?
—Al barrio llegué hace 20 años, pero aquí solo le damos valor añadido al que es de Cances, A Moura, A Silva o Penamoa. Son historia viva de la ciudad. 

—De A Silva era Pucho Boedo. ¿Qué recuerdos tienen de él? 
—Los vecinos le llaman Puchiño y hablan de él con mucho cariño. Después del parón de Penamoa, queremos recuperar los memoriales que le hacíamos. 

—Desaparecido el poblado, el Ventorrillo vuelve a ver la luz. 
—Sí, vuelve a ver la luz, pero con el mismo espíritu solidario. Aquí siempre hubo mucha sensibilidad hacia los drogadictos. 

—¿Qué gobierno local ha visto más implicado con este tema? 
—Se erradicó el chabolismo con el anterior, pero a este gobierno lo veo muy implicado. 

—¿Qué hay ahora en Penamoa? 
—Es un parque verde, totalmente abierto, como el de San Pedro. Es una maravilla. 

—¿Ya no es el barrio un «supermercado de la droga»? 
—No. Y que conste que ese nombre se lo pusimos nosotros, para que se supiera lo que había. 

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