| Fotografia de Gustavo Rivas |
Cuando en España dejó de emitirse la serie Fama, Estíbaliz Veiga (Celeiro de Mariñaos, Lugo, 1979) todavía era una niña, pero se puso tan triste que empezó a llorar. Lloró tanto que decidió recoger una de sus lágrimas en una cucharilla, la envolvió en papel de aluminio y la guardó en un cajón. Una vez se sintió preparada para secar la lágrima y fue a por ella, su abuelo, muy solemne le espetó: «Neniña, el agua se evapora». Fue la primera lección de su vida.
—¿Era tan fan de la serie?
—De pequeña me encantaba Fama. Quería ser Leroy Johnson.
—¡Pero si el personaje de Leroy era chico!
—Eso me decía mi abuelo. Menos mal que luego me dejaba bailar encima de la mesa de la cocina.
—¿Es ahí cuando decide ser actriz?
—A los siete años era muy tímida, pero mi profesor de matemáticas, don Luis, me propuso hacer una obra de teatro. Se trataba de A tía lambida, de Eduardo Blanco Amor. En el escenario me sentí segura y capaz. Y ahora, para mí, el teatro es como un estado de felicidad.
—¿Qué opina de la invasión de los monologuistas en los teatros? ¿Eso también la hace feliz?
—Hay sitio para todos. Los actores tenemos que pelear por lo nuestro, pero debemos ser realistas y ver lo que el público demanda. ¿Qué es lo que quiere el público?
—Ahora mismo, reírse.
—Reírse o emocionarse o ver un espectáculo de danza que les haga sentirse especiales o enamorarse de nuevo. Si hay teatros vacíos, todos podemos actuar. Hay que fomentar que los chavales vayan al teatro desde niños y potenciarlo como se hace con el deporte.
